El apóstol Pablo afirma en Hechos 17:28 una verdad que, aunque breve, encierra una profundidad absoluta:
“Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos…”
Esta declaración no es solo una frase inspiradora; es una afirmación que define nuestra condición frente a Dios y nuestra relación con todo lo que existe.
Vivir bajo la voluntad de Dios
Pablo manifiesta que toda la creación vive bajo la bondad y la voluntad de Dios. Nada existe fuera de Él, nada se sostiene por sí mismo.
Entender esto nos obliga a reconocer algo incómodo pero real: por condiciones propias no tenemos condición alguna para exigir, ni siquiera para asumir que merecemos ser escuchados.
Y, aun así, nuestra conversación más frecuente con Él suele ser pedir.
Pedir sin gratitud: una relación mal entendida
Pedir, pero no siempre desde la gratitud, sino desde una dependencia mal entendida. Como si todo lo que recibimos fuera una obligación divina.
Cuando en realidad, lo primero que debería ordenar nuestra relación con Dios es el agradecimiento por la oportunidad que se nos concede.
Entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Qué es lo que Dios nos concede?
Todo comienza con la vida
Todo.
Empezando por la vida misma.
El existir.
El comprender que vivimos porque Él lo permite.
Las capacidades que tenemos, la conciencia, el pensamiento, incluso la posibilidad de reflexionar sobre Él, no nacen de nosotros. Son concedidas.
Tener la certeza de que este mundo y el universo existen porque así fueron organizados en su plan, y que nosotros hemos sido colocados en este tiempo específico, cambia la manera de mirar la vida.
Los tiempos que nos tocaron vivir
Y vuelve a surgir otra pregunta:
¿Qué tiempos son estos?
Son tiempos en los que la oportunidad de conocer y vivir el evangelio nos alcanza.
Tiempos en los que darnos cuenta de que Dios se acuerda de nosotros despierta la necesidad de buscarle.
Pero buscarle no es automático ni mecánico.
Por eso la pregunta correcta no es solo por qué buscarle, sino cómo hacerlo.
Antes de demandar, dar gracias
Antes de responder cómo buscarle, hay una enseñanza que debe quedar firme:
Antes de demandar, tenemos que dar gracias.
Agradecer no como una fórmula previa al pedido, ni como una cortesía espiritual, sino como una postura interior. Agradecer es reconocer que todo lo que somos y tenemos ya fue dado antes de que pronunciáramos una sola palabra.
Cuando el agradecimiento es primero, el pedir deja de ser una exigencia y se convierte en una expresión de dependencia consciente.
El error de una fe transaccional
La creencia popular, e incluso muchas narrativas modernas, nos han enseñado que buscar a Dios es sinónimo de pedir ayuda: resolver problemas, saldar deudas, sanar enfermedades o salir de una crisis.
Esto ha provocado que muchas personas solo se acerquen a Dios para demandar. Y si la petición es concedida, el acto se cierra con un simple “gracias”, como si la relación terminara ahí.
Pero el evangelio no enseña una relación transaccional.
Una enseñanza que pone orden
El Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, en la carta enviada a la Iglesia Universal la noche del 31 de diciembre de 2024, recordó una enseñanza esencial:
“Antes de demandar, tenemos una enseñanza: de dar gracias.”
Ese orden no es casual. Agradecer primero nos coloca en nuestro lugar correcto: el de criaturas conscientes de su dependencia.
Incluso cuando nada cambia, cuando nada se resuelve y cuando no llega lo que esperamos, sigue habiendo razones suficientes para agradecer.
Agradecer como forma de vivir
El auténtico evangelio de Cristo, predicado por sus apóstoles primitivos y contemporáneos, insiste en esto: dependemos de Dios al cien por ciento, incluso en aquello que creemos que nace de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo o de nuestra capacidad.
Y cuando eso se comprende, el agradecimiento deja de ser un acto ocasional y se convierte en una forma de vivir.