Es inevitable, al hacer un recuento del año que pasó, detenernos a pensar en lo que vivimos, en lo que hicimos y también en lo que dejamos de hacer.
Los cierres de año suelen llevar al ser humano a mirar hacia atrás, a reflexionar sobre su vida y a medir el tiempo no solo por logros o fracasos, sino también por las ausencias que se fueron acumulando.
Algunos toman nota de lo que les pasó.
Otros solo hacen una memoria rápida, casi automática.
De una u otra manera, todos ganamos algo y todos perdimos algo.
El Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, mencionó esta frase en su carta enviada el 31 de diciembre de 2025:
“Perdimos presencias queridas, pero no perdimos a nuestros amados.”
Esta frase encierra una profundidad que vale la pena detenerse a pensar con calma.
¿Qué tan queridas eran esas personas que, a pesar de su pérdida física, seguimos sintiendo tan cerca, como si no se hubieran ido?
¿Por qué su ausencia no logra borrar su presencia en nuestra vida diaria?
Un ser querido no es únicamente un familiar.
Puede ser un amigo, un compañero de trabajo, alguien con quien compartimos camino, conversación o silencios.
Es esa persona con la que logramos un afecto real, un cariño sincero, una relación que no fue pasajera.
Lo que sí es pasajero es la vida misma.
En un abrir y cerrar de ojos puede pasar todo… y al mismo tiempo nada.
Tenemos la costumbre de medir la vida en años, como si contar el tiempo nos diera certeza, cuando en realidad no lo hace.
Durante este año 2025, muchas personas perdieron a seres queridos.
Algunos por enfermedad, otros por accidentes, otros por circunstancias inesperadas.
Y al perderlos, no toda la gente puede —o quiere— aceptar que no podrá verlos más en esta vida terrenal, que no podrá volver a escuchar su voz ni cruzar una palabra con ellos aquí.
Sin embargo, la frase es clara y también consoladora:
perdimos presencias, sí, pero no perdimos a nuestros amados.
Porque el amor, el recuerdo y la huella que dejaron no desaparecen con la ausencia física.
Hay presencias que se van, pero hay vínculos que permanecen.
Y entender esa diferencia cambia la manera en que enfrentamos la pérdida, el duelo y el paso del tiempo.